En octubre de 1970, después que Salvador Allende obtuviera el primer
lugar y ganara en las urnas las elecciones presidenciales el gobernante
democratacristiano en ejercicio entra en una profunda depresión existencial.
Eduardo Frei Montalva no entendía por que un marxista accedía por primera vez
en la historia a una primera magistratura, en su gobierno ¿Era un castigo
divino? Debía entregarle la banda presidencial a un revolucionario e intuía el
caos o un desorden total. Los comunistas no traen bienestar. Sabía que ningún
socialismo real había traído prosperidad a sus respectivos pueblos. Le aterraba
en el futuro una patria sin libertad de expresión. También razonaba en general que
el marxismo es un cáncer exclusivo de los países católicos. Y nuestro país era
católico y pobre como una rata. Pobres espiritual y materialmente. El
protestantismo era insignificante. Se enfadaba cuando lo acusaban de ser el
Kerensky chileno. Los últimos días en La Moneda de la “Revolución el libertad”
se terminaban y se venía una revolución socialista impredecible en el mejor de
los casos. Algunos izquierdistas aprobaban la vía armada como mecanismo
legítimo de lucha con absoluto descaro y arrogancia. Y si bien Salvador Allende
le entregaba a Frei algunas garantías el revolucionario de corazón quiere
suprimir la propiedad privada y con esto el progreso real. Cayó la noche y
nadie logró consolar al apesadumbrado presidente Frei. No hay que comer conejos
para ver de lejos, decía.

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